Evidencias de la evolución

En el siglo XIX, las evidencias de la evolución provinieron de cuatro disciplinas: la paleontología, la anatomía comparada, la embriología y la biogeografía. En el caso de la primera, los registros fósiles muestran que los organismos extintos eran muy diferentes de los que existen en nuestros días. Sin embargo, la prueba de la evolución aparece en los llamados organismos intermedios, que conectan los seres extintos con los actuales. Fósiles intermedios son, por ejemplo, el Archaeopteryx, animal intermedio entre los dinosaurios y las aves; el Tiktaalik, intermedio entre los peces y los anfibios antiguos; y las varias especies de Australopithecus, cuyos restos muestran una mezcla entre los rasgos de los simios antiguos y los de los seres humanos modernos. Precisamente la existencia de fósiles de Australopithecus demuestra que el argumento del eslabón perdido entre los simios antiguos y los humanos actuales, alegado por grupos religiosos para desvirtuar la evolución por selección natural, es falso.

   Con respecto a la anatomía comparada, los esqueletos de los humanos, los perros, las aves y las ballenas guardan una gran semejanza, a pesar de la diferente forma de vida de estos seres y de la diversidad de los entornos que habitan. La explicación a esta semejanza es que todos estos animales heredaron la estructura ósea de un antepasado común, y se modificaron únicamente para adaptarse a distintas formas de vida. Dicha adaptación es la prueba de la evolución por selección natural. En relación con la embriología, esta investiga el desarrollo de los seres vivos «desde el huevo fecundado hasta el momento del nacimiento o salida del cascarón». Lo relevante de esta disciplina es que nos permite determinar que hay órganos que no se desarrollan del todo, llamados rudimentos, porque los seres que los portan no los necesitan para adaptarse a sus respectivos entornos ecológicos o para realizar con normalidad las actividades relativas a sus formas de vida. Un ejemplo de rudimento es el apéndice, que mientras en los seres humanos no cumple ninguna función, en los conejos, por ejemplo, sirve para almacenar celulosa vegetal que los ayuda en el proceso de digestión de los alimentos. Que ambos seres tengan apéndice demuestra que descienden de un antepasado común, mientras que las distintas funciones del mismo muestran la evolución por selección natural. Por último, tenemos a la biogeografía, que es la distribución geográfica de los seres vivos. En Hawái, por ejemplo, hay más de mil especies de caracoles y otros moluscos de tierra que no se encuentran en ninguna otra parte del planeta. Esta peculiaridad se explica por la evolución: dichos seres adaptaron sus organismos a una geografía particular, por lo que se diferenciaron de caracoles y otros moluscos de tierra que habitan otras regiones del mundo.

   Finalmente, se debe agregar que desde el siglo pasado diversas disciplinas han aportado más pruebas que demuestran la veracidad de la evolución por selección natural. Estas disciplinas son la genética, la bioquímica, la ecología, la etología, la neurobiología y la biología molecular.

Fuente: Ayala, Francisco J. El origen de la humanidad y su futuro biológico. S.l.: Materia, 2016, pp. 37-49 y 67-83.

 

Australopithecus_afarensis

Australopithecus afarensis

La revolución científica

En su libro El origen de la humanidad y su futuro biológico (2016), Francisco J. Ayala señala que la ciencia moderna es producto de una revolución que tuvo dos etapas: la copernicana y la darwiniana. La primera se inició con la publicación del libro Sobre las revoluciones de los orbes celestes, de Nicolás Copérnico, hecho que ocurrió en 1543, el mismo año de la muerte del autor, y culminó en 1687, cuando salieron de las imprentas los Principios matemáticos de la filosofía natural, de Isaac Newton. Copérnico y Newton, así como otros científicos que vivieron en los siglos XVI o XVII (Johannes Kepler y Galileo Galilei, por ejemplo), demostraron que la Tierra gira alrededor del Sol, que este último cuerpo es una estrella más de entre las muchas que hay en el universo, «que el universo es inmenso en el espacio y el tiempo; y que los movimientos de los planetas en torno al Sol se pueden explicar por las mismas leyes sencillas que explican el movimiento de los objetos físicos en nuestro planeta». Antes de Copérnico, no solo se postulaba que la Tierra era el centro del universo, sino que los movimientos de los cuerpos celestes tenían su origen en la voluntad divina. De este modo, Copérnico y otros científicos trasladaron los fenómenos de la física y la astronomía desde el ámbito religioso al terreno de la ciencia.

   Los avances de la revolución copernicana, sin embargo, convivieron durante mucho tiempo con una serie de ideas religiosas, lo que Ayala define como «estado conceptual esquizofrénico». De esta manera, mientras que las explicaciones científicas dominaban el mundo de la materia inanimada (el universo y los cuerpos celestes), la religión todavía se usaba para explicar el origen y la estructura de los seres vivos. La esquizofrenia conceptual acabó en 1859, cuando Charles Darwin publicó El origen de las especies por medio de la selección natural. En su libro, Darwin explicó el origen y la adaptación de los organismos a partir de un proceso natural, sin necesidad de recurrir a un agente divino. La historia de cómo Darwin formuló esta teoría tiene su inicio en diciembre de 1831, cuando, luego de culminar sus estudios en la Universidad de Cambridge, aquel zarpó en el HMS Beagle, barco de la marina británica que dio la vuelta al mundo y volvió a Inglaterra en 1836. Las observaciones que Darwin realizó durante el viaje, sobre todo las hechas en Argentina y las islas Galápagos, lo ayudaron a esbozar la idea de la selección natural como explicación de la evolución de los organismos vivos, hecho que ocurrió entre 1837 y 1838. Luego, Darwin pasó casi 21 años estudiando diversos organismos para determinar la veracidad de su hipótesis de la selección natural. Finalmente, en 1859 vio la luz El origen de las especies. La selección natural explica el «diseño» de los organismos vivos, «su adaptación funcional para vivir en los ambientes en que viven y su configuración anatómica que hace posible esa adaptación funcional». De acuerdo con Darwin, la selección natural es el proceso por el cual los organismos experimentan variaciones que aumentan sus oportunidades de supervivencia y procreación; las variaciones ventajosas se conservan y se multiplican de generación en generación, en desmedro de las perjudiciales. El resultado de la selección natural es la existencia de organismos correctamente adaptados al medio ambiente en el que viven. En la actualidad, dicho proceso se explica en clave genética: «ciertos genes y combinaciones genéticas se trasmiten a las generaciones siguientes de modo más frecuente que sus alternativas». Las mutaciones genéticas, perjudiciales o no para su portador, se originan al azar. Sin embargo, la selección natural elimina las negativas y preserva las útiles; además, al mantener estas últimas, crea las condiciones para combinaciones genéticas que serían de otra manera improbables. En suma, al explicar el origen y la estructura de los seres vivos mediante un proceso natural, Darwin completó la revolución iniciada por Copérnico.

Fuente: Ayala, Francisco J. El origen de la humanidad y su futuro biológico. S.l.: Materia, 2016, pp. 23-35.

 

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Nicolás Copérnico

 

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Charles Darwin